Yo tengo una tele de 50 pulgadas. Es la reina de la casa, ocupa una parte muy importante del salón, física y psicológicamente. El motivo por el que la compré, no es porque me encante la televisión, de hecho detesto la mayor parte de la programación que se emite. El motivo es que me encanta el cine, desde pequeña me he criado más que en una casa en una filmoteca. Aún hoy en casa de mi familia debe haber unas 2000 películas, sólo en VHS.
Como fanática del cine, obviamente donde más disfruto una película es en el propio recinto también llamado cine, pero detesto a los individuos que lo frecuentan.
Esta animadversión crece cuando, no sólo quieres disfrutar de una película, sino cuando además, quieres disfrutar de una buena película, o una de esas que llevas muuucho tiempo esperando ver.
La falta de respeto, civismo y educación que se demuestra en el cine es casi tan elevada como el precio de entrada a la sala, lo que ya cabrea de por sí antes de entrar.
Creo que una gran parte del problema reside en que la gente está convencida de que está sola en el mundo. Vamos, que cuando por ejemplo entran a una sala de Kinépolis, creen que están en el salón de su casa, no les extraña que les hayan cobrado por entrar en el salón de su casa, ni que este se sienta invadido por un montón de gente más a la que no conocen de nada, ni que el tamaño de la pantalla sea más grande de lo que siquiera soñarían para el salón de su casa. No les extraña nada. Ellos están en el salón de su casa.
Si lo vemos desde esta perspectiva y hacemos un ejercicio de proyección, veremos que ahora todo tiene sentido. El problema es que abstraerste del contexto es inútil, porque está ahí. De modo que nos salen comparaciones de la siguiente manera:
En el salón de tu casa:
- No resulta raro hablar en voz alta durante una película.
En el cine:
- Resulta molesto para los demás, dado que eso no te permite escuchar el sonido, y como regalo tienes que oir las tonterías que dice la gente.
En el salón de tu casa:
- No pasa nada porque te apetezcan palomitas y el DVD ya esté empezado, incluso puedes pausar la película.
En el cine:
- A eso se le llama falta de previsión, compra las putas palomitas media hora antes de que empiece la película, pero no nos obligues a esquivar tu silueta para poder enterarnos de por qué se ha muerto el protagonista.
En el salón de tu casa:
- No es tan raro el que pongas los pies en el sofá.
En el cine:
- Sí, rotundamente sí. Visualmente te irrita ver al tío con los pies encima de la butaca de delante, y si lo sufres tú mismo detrás es peor, porque ver una peli con unos pies en la nuca no es el ideal de postura con que soñabas.
En el salón de tu casa:
- Puede ser habitual que la película acabe en una discusión familiar o de amigos, por el motivo que sea.
En el cine:
- Jode bastante entrar con ganas de ver una peli, y salir cabreado por haber discutido con media sala porque te han tocado las narices con cualquiera de los motivos anteriormente descritos.
De todas formas, no nos olvidemos de que a veces esos detestables individuos que acuden al cine, bien pueden ser tus propios acompañantes.
Debes tener mucha precaución y seleccionar cuidadosamente qué dos familiares/amigos/conocidos se van a sentar a tu lado. Compañeros que te pueden tocar:
- El que no para de cuchichearte durante la película. Bien para pedir información, "oye, ¿pero entonces por qué han detenido al bajito?", bien para transmitirte un comentario vital para el argumento de la película, "el asesino está buenísimo, eh?", bien para quitarte tu momento de evasión de la vida real, "¿has llamado a tu madre?", o simplemente para usarte de intermediario porque sencillamente has escogido mal tu ubicación, "dile a Manolo de mi parte que la rubia en el libro no era rubia, que se lo han inventado...".
- El que no para de comer y de beber, lo que provoca ruiditos constantes de papelitos de caramelos, bolsas abriéndose y sorbos de las ultimas gotas de refresco a través de la pajita. Aunque te creas capaz de aislarte de estos sonidos, es inútil, te van crispando, y durante toda la película no puedes dejar de pensar en cual será el próximo ruidito, y si se habrá saciado de una maldita vez del atracón que se está dando.
- El pidón. Ese indeciso en la tienda del cine que no sabe si comprase regalices rojos o negros, palomitas grandes o pequeñas, una botella de agua o dos. El pidón genera molestia y te provoca un egoísmo que hasta ese momento desconocías en ti: "Dile a Pepi que me pase una bolita de esas rojas, pero de las que están rellenas de chicle", "¿no vas a comer más palomitas? las cojo yo", "¿te queda agua?".
El 50% de las veces que he ido al cine, he acabado discutiendo con alguien, crispada por alguna conducta, o simplemente sin enterarme de algún diálogo de la película.
Dado que la gente carece de educación, dado que me cobran mucho por ver una película que no voy a poder disfrutar, dado que todo el mundo acude a una sala de cine como si acudiera al salón de su casa, señores, yo he decidido quedarme directamente en el salón de mi casa y convertirlo en cine. Cuando el cine deje de ser una cuadra para ser realmente un cine, no duden en avisarme.
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sábado, 26 de enero de 2008
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