¡Aquí os dejo los cubiertos, ir repartiéndoslos!, os juro que esa fue la frase de entrada que recibimos mis amigos y yo en un restaurante al lado de la playa, en Denia. Nuestra cara fue digna de verse, nos miramos unos a otros sin decir nada, esperando que alguno tuviera la respuesta a nuestra duda existencial: "¿Lo ha dicho en serio?"
Ciertamente el restaurante era para escribir un libro entero de anécdotas. Por poner un ejemplo bastante gráfico, en la mesa de al lado podías observar cómo uno de los camareros que servía una paella se sacudía los restos de arroz de sus dedos sobre el plato que a continuación ofrecía a los comensales. Sí, tranquilos, no seguiré contando cómo acabó ese día.
Pues normalmente las pongo a 5, me replicó cargado de razón un camarero cuando le dije que me parecía un poco exagerado que cada gamba de la ración que acabábamos de consumir nos costara 4 €, teniendo en cuenta que incluso estaban tan poco hechas que casi saltaban del plato en busca del océano, de El Manzanares, o cualquier maldito recinto acuático donde pudieran refugiarse de nuestras ansiosas manos. Lógicamente, las pagamos, y a continuación decidimos recuperar en chupitos invitados por la casa cada euro que nos habían robado por semejante recomendación; ¡ah! ¿no os lo había dicho?, sí, era la recomendación de la casa, ¡nos ha jodido!
Es que en este restaurante hacemos las pizzas así. Una vez más, el rostro de otra persona, una antigua compañera de trabajo, quedó perplejo ante este comentario. Esta fue la respuesta que le dio el encargado de una pitería a la que solíamos ir mis compañeros y yo a comer. Respuesta al siguiente comentario: oiga, esta pizza es congelada, el queso no se ha fundido, y el tomate está frío, por cierto, hablando del tomate, me ha extrañado que estuviera cubriendo la pizza en lugar de estar debajo de los ingredientes.
Ante la cara de asombro de la muchacha (y las consecuentes risas de los que la mirábamos), el encargado acabó por reconocer que aquello no era correcto e hizo la pizza de nuevo.
A propósito, lo habéis leído bien, era una pitería no una pizzería. De hecho, ésta era la única pizza de la carta, da que pensar...
Tú lo que quieres es que me pille el toro. Sí, yo era pequeña y aquí es donde empecé a conocer la España profunda. Esa fue la bienvenida que nos dieron a mi familia y a mi en un restaurante sólo por decirle al camarero que queríamos una mesa, lo habitual que se suele pedir al entrar a un restaurante. Mi madre estuvo muy ágil y le dijo: no hombre no, yo no quiero que usted sufra, adiós.
Eggs fried with potatoes. Mmm, a ver, pensad bien en esto sin reiros: eggs fried with potatoes. Bien, este era uno de los platos de la carta de un restaurante a la salida de Huéscar. Era la parte del menú para angloparlantes. Te da tranquilidad saber que un país que vive del turismo ofrece a dichos turistas esta calidad de servicio lingüístico y, sobre todo, una vez más queda constancia del dominio del idioma que hay en España. Vamos, que nadie se ría hoy en día si ve Bienvenido Mr Marshall, porque os aseguro que no han cambiado tanto las cosas.
Por cierto, si el ejemplo gastronómico no os ha parecido significativo, tengo otro que os aseguro también estaba en la carta: Lubin to the back... ¿es o no es vergonzoso?
- Pues es que el aperitivo también se cobra
- Oiga, pero si no lo hemos pedido
- Ya, pero se cobra
Qué ironías tiene la vida, una marisquería en el barrio de salamanca, donde se presume de estatus pero no de tacañería, pues os aseguro que hay que ser muy cutre en esta vida para cobrarte 12€ por unas aceitunas que tú no pides después de pagar casi 500€ por una cena. En la tasca de mi barrio las aceitunas te las ponen gratis con la cerveza, ¡y a veces hasta gambas!
Señores, vuelvan a leer la primera parte de este post, y recapaciten...
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sábado, 29 de marzo de 2008
domingo, 17 de febrero de 2008
Taxistas, un suplicio necesario
Meterme en un taxi me produce siempre una sensación entre pánico, curiosidad y alivio.
De atrás a adelante, de lo dulce a lo doloroso:
La lógica nos dice que un taxi es un medio de transporte cómodo y rápido, lo utilizamos en diversas ocasiones por lógica, y algunas como en mi caso por placer. Ojo, no es un rollo fetichista, es sólo que suelo encontrar varios motivos por los que me satisface más ir en taxi que en otro medio de transporte como el metro, donde podría encontrarme con los siempre temidos seres de las profundidades.
La experiencia nos dice que debemos quitarnos la venda de los ojos y observar la realidad tal y como es. Los taxis no son necesariamente más rápidos que cualquier otro medio de transporte, y no hablo de cosas obvias como la mayor o menor cantidad de tráfico que podamos encontrarnos en la ciudad, hablo del mayor o menor grado de competencia del conductor, también llamado taxista. Porque no sé a vosotros, pero a mi me ha tocado cada uno de órdago. Recuerdo uno que cuando le dije donde iba, el tío debió sentir que yo le hablaba en binario, porque se pasó todo el camino preguntándome, ¿y eso por dónde está?, ¿no has estado nunca?, ¿no te suena el camino? yo me pasé todo el trayecto respondiéndole: si yo supiera como ir no habría cogido un taxi. El tipo en cuestión pudo parar apróximadamente 5 veces hasta llegar a nuestro destino para consultar el callejero, reprogramar el GPS y hacer 5 llamadas a la NASA para que le dieran planos astrales de la ubicación exacta del objetivo. Fue toda una experiencia. Por cierto, nuestro destino no era el Triángulo de las Bermudas, si no Pozuelo.
Los taxis tampoco son necesariamente cómodos, especialmente cuando durante un trayecto unas palabras atenazan tu cabeza ansiosas por salir entre tus labios: ¿a usted dónde le han dado el carnet, en una tómbola?. Uno de cada tres taxis que cojo me hace salir con el estómago revuelto porque el tipo se cree Carlos Sáinz al volante.
Pero lo peor, lo más terrible y dramático de coger un taxi, es sin duda esa necesidad que tiene el taxista de ser un buen RR.PP.
¿Cuántas veces no coges un taxi un poco borracho, o medio dormido, o cabreado, o triste, o preocupado, o con cualquier motivo con el que te ha castigado el día, y el taxista decide que "debe" darte conversación?
Taxista: "bueno pues ya es viernes"
Cliente: "sí"
Taxista: "pues han dicho que mañana va a llover"
Cliente: "vaya"
Taxista: "ay que ver cómo se ponen las tiendas un día como hoy"
Cliente: "sí, es terrible"
...
El taxista, aún a pesar de que tus respuestas se reducen exclusivamente a monosílabos, quiere continuar un diálogo estéril, carente de interés y trascendencia.
Luego hay otros con un diálogo quizá más interesante pero que a ti te apetece aún menos oir o menos dialogar con este tipo al que acabas de conocer y desde luego deseas no volver a ver en tu vida: diálogos políticos porque en ese momento en la radio hablan de Zapatero, diálogos sobre lo detestable que es la humanidad (tema que como imaginaréis me encanta, pero raras veces coincido con las opiniones de los taxistas), o diálogos sobre la familia del taxista, que también pasa. A unas a amigas y a mi un taxista consiguió acojonarnos literalmente cuando tras echar pestes sobre el nuevo novio de su ex-mujer, amenazó con cortarle la cabeza a la susodicha y llevarse a los "chiquillos" con él. Aún intentamos superar aquella experiencia.
El tema de llamar a un taxi para que venga a buscarte también tiene miga, pero de eso hablaré en otra ocasión, no quiero hacer cundir el pánico ni provocar pesadillas en los pobres lectores que aguantáis mis pestes.
Así que concluyendo, señores, coger un taxi es una desagradable vivencia que lamentablemente tenemos que experimentar sí o sí. Es un suplicio necesario por el que encima tenemos que pagar y no poco precisamente. Pero siempre tendremos el consuelo de haber salido victoriosos en esa plaza, de los 10 minigrupitos que había sólo tú conseguiste subir al taxi.
De atrás a adelante, de lo dulce a lo doloroso:
- Alivio porque es increíble lo difícil que resulta coger un taxi en Madrid, absolutamente increíble. Un sábado a las 5 de la mañana tienes más posibilidades de que un avión de las fuerzas armadas te recoja y te deje en la puerta de tu casa que de encontrar un taxi sin: recorrerte medio Madrid, esquivar las plazas, ya que suelen tener minigrupitos de personas estratégicamente ubicadas (como en el Risk) para hacerse con el control del próximo taxi que llegue, o acabar congelado en cualquier esquina y con alucinaciones tipo "he visto una luz verde", "sí Manolo, es un semáforo".
- Curiosidad, porque es como en un sorteo, no sabes qué tipo de taxista te va a tocar.
- Pánico, cuando ya has visto el taxista que te ha tocado y ves muy lejos el camino a tu casa.
La lógica nos dice que un taxi es un medio de transporte cómodo y rápido, lo utilizamos en diversas ocasiones por lógica, y algunas como en mi caso por placer. Ojo, no es un rollo fetichista, es sólo que suelo encontrar varios motivos por los que me satisface más ir en taxi que en otro medio de transporte como el metro, donde podría encontrarme con los siempre temidos seres de las profundidades.
La experiencia nos dice que debemos quitarnos la venda de los ojos y observar la realidad tal y como es. Los taxis no son necesariamente más rápidos que cualquier otro medio de transporte, y no hablo de cosas obvias como la mayor o menor cantidad de tráfico que podamos encontrarnos en la ciudad, hablo del mayor o menor grado de competencia del conductor, también llamado taxista. Porque no sé a vosotros, pero a mi me ha tocado cada uno de órdago. Recuerdo uno que cuando le dije donde iba, el tío debió sentir que yo le hablaba en binario, porque se pasó todo el camino preguntándome, ¿y eso por dónde está?, ¿no has estado nunca?, ¿no te suena el camino? yo me pasé todo el trayecto respondiéndole: si yo supiera como ir no habría cogido un taxi. El tipo en cuestión pudo parar apróximadamente 5 veces hasta llegar a nuestro destino para consultar el callejero, reprogramar el GPS y hacer 5 llamadas a la NASA para que le dieran planos astrales de la ubicación exacta del objetivo. Fue toda una experiencia. Por cierto, nuestro destino no era el Triángulo de las Bermudas, si no Pozuelo.
Los taxis tampoco son necesariamente cómodos, especialmente cuando durante un trayecto unas palabras atenazan tu cabeza ansiosas por salir entre tus labios: ¿a usted dónde le han dado el carnet, en una tómbola?. Uno de cada tres taxis que cojo me hace salir con el estómago revuelto porque el tipo se cree Carlos Sáinz al volante.
Pero lo peor, lo más terrible y dramático de coger un taxi, es sin duda esa necesidad que tiene el taxista de ser un buen RR.PP.
¿Cuántas veces no coges un taxi un poco borracho, o medio dormido, o cabreado, o triste, o preocupado, o con cualquier motivo con el que te ha castigado el día, y el taxista decide que "debe" darte conversación?
Taxista: "bueno pues ya es viernes"
Cliente: "sí"
Taxista: "pues han dicho que mañana va a llover"
Cliente: "vaya"
Taxista: "ay que ver cómo se ponen las tiendas un día como hoy"
Cliente: "sí, es terrible"
...
El taxista, aún a pesar de que tus respuestas se reducen exclusivamente a monosílabos, quiere continuar un diálogo estéril, carente de interés y trascendencia.
Luego hay otros con un diálogo quizá más interesante pero que a ti te apetece aún menos oir o menos dialogar con este tipo al que acabas de conocer y desde luego deseas no volver a ver en tu vida: diálogos políticos porque en ese momento en la radio hablan de Zapatero, diálogos sobre lo detestable que es la humanidad (tema que como imaginaréis me encanta, pero raras veces coincido con las opiniones de los taxistas), o diálogos sobre la familia del taxista, que también pasa. A unas a amigas y a mi un taxista consiguió acojonarnos literalmente cuando tras echar pestes sobre el nuevo novio de su ex-mujer, amenazó con cortarle la cabeza a la susodicha y llevarse a los "chiquillos" con él. Aún intentamos superar aquella experiencia.
El tema de llamar a un taxi para que venga a buscarte también tiene miga, pero de eso hablaré en otra ocasión, no quiero hacer cundir el pánico ni provocar pesadillas en los pobres lectores que aguantáis mis pestes.
Así que concluyendo, señores, coger un taxi es una desagradable vivencia que lamentablemente tenemos que experimentar sí o sí. Es un suplicio necesario por el que encima tenemos que pagar y no poco precisamente. Pero siempre tendremos el consuelo de haber salido victoriosos en esa plaza, de los 10 minigrupitos que había sólo tú conseguiste subir al taxi.
jueves, 10 de enero de 2008
¡Gracias por permitirme comer aquí! (1ª parte)
"Si no está satisfecho lo reemplazamos por otro cliente", es una de las frases irónicas que se están utilizando en una campaña de publicidad para un restaurante llamado Jackson House (de los Jackson de toda la vida).
Y es que antes o después yo sabía que esto acabaría pasando porque ultimamente es una invasión. A ver, me centro para que podáis entenderme.
Vas a un bar o restaurante, y parece que te están perdonando la vida. Vamos, que llega un momento en que no distingues quién es el cliente y quién el que atiende. Y no digamos eso de "el cliente siempre tiene la razón", porque en 2008 creo que podemos afirmar que esta frase está más pasada que el spectrum.
Ahora lo que interesa es vender, despachar y punto. Quitarse al cliente de encima. Satisfacción cero. Cada vez hay más locales en los que a lo mejor de forma tímida y educada pides a un camarero que te traiga un poco de sal, y te mira como si le hubieras pedido que se hiciera el harakiri allí mismo.
Nadie le pide a un camarero que se ponga de rodillas o te haga la ola, sólo un servicio eficaz, correcto y educado, que no deja de ser el mismo que nos exigen a todos en nuestros trabajos.
Yo consumo, yo pago y no soy desagradable con un camarero, ¿por qué él si lo es conmigo? Pues hay muchos motivos, pero voy a ir a uno bastante importante: en este país ya no demandamos un servicio correcto. Nos quejamos, sí, y mucho, nos encanta quejarnos, pero yo estoy convencida de que uno de cada tres consumidores no tiene ni idea de para que sirve una hoja de reclamaciones, no la han pedido nunca, y están convencidos de que no servirá de nada.
Los hosteleros tienen colgadito un papelito (porque están obligados a hacerlo) muy mono que pone: "Existen hojas de reclamaciones a disposición del consumidor o usuario" . Los hosteleros se limitan a quitarles el polvo una vez al mes (algunos ni eso) porque saben que es un cuadro más que forma parte de la decoración del local, su utilidad es nula, la gente no repara en ello, y si repara prefiere no darle uso, porque no sabe, porque tiene dudas, etc.
Antes, esto se temía más, recuerdo algún camarero que incluso me ha puesto impedimentos tipo "no, es que yo ahora no tengo esas hojas", intentando abusar de la posible ignorancia del demandante, y consiguiendo sólo una amenaza de llamar a la policía local, ya que en caso de negativa se puede solicitar su presencia para que conste. Pero vamos, que este método es innecesario ya a toda costa, y los locales pueden estar tranquilos, ya nadie lo pide.
Y así vamos claro, nos callamos, ellos siguen abusando, y los pocos que nos quejamos, que somos pocos, seguimos tragando caras largas de camareros (entre otras muchas deficiencias del servicio y la calidad en sí) por los demás, además de sufriendo al típico amiguito de turno que tras salir del local dice: "joé que bordes" o "no le dejes propina" o "ya no vuelvo aquí". Señores, aunque suene antigua esta frase "sarna con gusto no pica", porque por vuestra culpa, el cliente "ya no tiene la razón".
Y es que antes o después yo sabía que esto acabaría pasando porque ultimamente es una invasión. A ver, me centro para que podáis entenderme.
Vas a un bar o restaurante, y parece que te están perdonando la vida. Vamos, que llega un momento en que no distingues quién es el cliente y quién el que atiende. Y no digamos eso de "el cliente siempre tiene la razón", porque en 2008 creo que podemos afirmar que esta frase está más pasada que el spectrum.
Ahora lo que interesa es vender, despachar y punto. Quitarse al cliente de encima. Satisfacción cero. Cada vez hay más locales en los que a lo mejor de forma tímida y educada pides a un camarero que te traiga un poco de sal, y te mira como si le hubieras pedido que se hiciera el harakiri allí mismo.
Nadie le pide a un camarero que se ponga de rodillas o te haga la ola, sólo un servicio eficaz, correcto y educado, que no deja de ser el mismo que nos exigen a todos en nuestros trabajos.
Yo consumo, yo pago y no soy desagradable con un camarero, ¿por qué él si lo es conmigo? Pues hay muchos motivos, pero voy a ir a uno bastante importante: en este país ya no demandamos un servicio correcto. Nos quejamos, sí, y mucho, nos encanta quejarnos, pero yo estoy convencida de que uno de cada tres consumidores no tiene ni idea de para que sirve una hoja de reclamaciones, no la han pedido nunca, y están convencidos de que no servirá de nada.
Los hosteleros tienen colgadito un papelito (porque están obligados a hacerlo) muy mono que pone: "Existen hojas de reclamaciones a disposición del consumidor o usuario" . Los hosteleros se limitan a quitarles el polvo una vez al mes (algunos ni eso) porque saben que es un cuadro más que forma parte de la decoración del local, su utilidad es nula, la gente no repara en ello, y si repara prefiere no darle uso, porque no sabe, porque tiene dudas, etc.
Antes, esto se temía más, recuerdo algún camarero que incluso me ha puesto impedimentos tipo "no, es que yo ahora no tengo esas hojas", intentando abusar de la posible ignorancia del demandante, y consiguiendo sólo una amenaza de llamar a la policía local, ya que en caso de negativa se puede solicitar su presencia para que conste. Pero vamos, que este método es innecesario ya a toda costa, y los locales pueden estar tranquilos, ya nadie lo pide.
Y así vamos claro, nos callamos, ellos siguen abusando, y los pocos que nos quejamos, que somos pocos, seguimos tragando caras largas de camareros (entre otras muchas deficiencias del servicio y la calidad en sí) por los demás, además de sufriendo al típico amiguito de turno que tras salir del local dice: "joé que bordes" o "no le dejes propina" o "ya no vuelvo aquí". Señores, aunque suene antigua esta frase "sarna con gusto no pica", porque por vuestra culpa, el cliente "ya no tiene la razón".
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