Mi mejor amigo es mi móvil. Reiros reiros, pero antes de cerrar la página, echad un vistazo a vuestros recuerdos. Pensad un momento en la cantidad de veces que el móvil ha estado ahí, a vuestro lado en los momentos más duros; cuando más apoyo necesitabáis, cuando más compañía necesitabáis, cuando más individuos os tocaban las narices. Ahí estaba él, con sus lucecitas, con su sonidito, con sus teclas, ansioso de ser tocado por su necesitado dueño.
El móvil será recordado en los anales de la historia no por su utilidad como medio de comunicación, sino por su gran labor rescatadora en los peores momentos sociales.
Caso 1: conversación sin interés.
¿No habéis tenido nunca esa sensación? Es como la de verse con 40 años viviendo en casa de tus padres, es la de mirar a tu alrededor y pensar, ¿cómo he llegado a este punto? ¿Por qué no le puse remedio a tiempo?, ¿cómo puedo volver atrás? Piensas: "necesito un milagro para que todo dé un giro de 180º y vuelva a la normalidad". ¿Cuántas veces nos encontramos sin darnos cuenta rodeados por una conversación entre un grupo de personas, que por más que lo intentas no tiene interés alguno para ti? Y sientes que puedes mirarte a ti mismo desde arriba y ver que tu cara se está deshaciendo, no eres capaz de gesticular, los minutos parecen horas, encima sientes que nadie más se encuentra en la misma situación que tú, y con cada palabra que uno suma a la conversación ves más lejos que aquello pueda terminar.
Ahí está tu solución, el móvil. Seguro que tu bandeja de entrada tiene correos sin leer que justo en ese momento requieren tu atención. Os aseguro que por poco importantes que sean, resultarán mil veces más interesantes y amenos que la conversación que tanto os aburre. Si soléis padecer el mal de la conversación sin interés os recomiendo compraros una Blackberry, PDA, o cualquier dispositivo similar que os permita acceder a vuestro correo electrónico.
Caso 2: el pesado de turno.
En una comida, en un bar o en cualquier evento social, corres el riesgo de ser hablado por el pesado de turno. No voy a entrar en descripciones porque sinceramente creo que todos nos hemos encontrado con el pesado de turno. Pero sí voy a destacar un detalle común a todos. Es pesado, muy pesado, y aunque llegue un momento en que no le contestes más que con un sí o un no, el pesado de turno no para de hablar, convencido de que a ti te interesa lo que dice no repara en que a lo mejor no le das una colleja y te largas dejándole con la palabra en la boca porque tienes educación.
Bien, sigamos haciendo alarde de nuestra educación, guárdemonos la colleja para otra situación más desesperada aún y echemos mano de ese gran amigo, el móvil:
"Uy, ¿qué hora es?, ¿la una?, perdóname pero es que hace media hora que tenía que haber hecho una llamada importante, pero me he enrollado a hablar... oye, luego seguimos, ¿eh?". JA! Va a seguir Rita, en cuanto me largue a hacer la llamada ya me has visto, ¡pesado!.
Caso 3: en el taxi prevenir es mejor que curar.
Cuando te subes a un taxi puedes tener, como ya hemos comentado anteriormente, la suerte de que te toque un taxista silencioso, o un cansino que no para de hablar. Bien, si una vez le has dicho el destino empieza a bombardear con una pregunta tipo "¿qué, a casa ya a descansar no?" es el momento de responder diciendo "hola, ¿me has llamado ,no?" En realidad no le respondes a él, si no a alguien que hay al otro lado del teléfono, o puede que no haya nadie, esa ya es decisión tuya, pero será sin duda más agradable que la conversación de ascensor que puedas mantener con el taxista. Eso sí, sabes que va a ser el taxi más caro de la historia, porque yo te recomiendo que mantengas la conversación vía movil hasta llegar a tu destino.
Caso 4: quiero estar solo.
Esta es la opción en que más claro tienes que vas a usar el movil para esquivar al mundo. Aquí ya vas predispuesto, móvil en mano te diriges hacia donde sea con él, a llamar, a escribir un mensaje, a lo que sea, pero de cara a la sociedad ya llevas el escudo protector, el de "no me hables". Se da también en varias situaciones: cuando durante el trabajo bajas a fumarte un cigarro y no quieres hablar con nadie porque no estás de humor para alternar, cuando estás en El Corte Inglés y no quieres que ninguna vendedora insoportable te agobie con sus ansias de llevarse comisión y quieres mirar las cosas a tu bola, cuando estás con un grupo de personas a las que conoces pero no quieres hablar con ellas y realmente estás esperando a esa o esas personas con las que te llevas bien o has quedado...
Si a estos y otros muchos casos que se nos presentan a diario a los individuos que detestamos a la humanidad por naturaleza le sumamos las situaciones en las que llevas un buen rato esperando a alguien y para matar el tiempo usas el móvil, o simplemente para no parecer que estás solo porque el pesado de tu amigo se ha tirado en la ducha más tiempo del necesario, les añadimos el hecho de que un SMS puede librarnos de una eterna llamada telefónica con alguien que se enrolla más que las persianas, o simplemente puede conseguir evadirnos aunque sea por unos minutos de las tonterías que oímos a nuestro alrededor, señores, pongan en una lista el número de veces que uno de sus amigos le ha librado de todas estas angustiosas situaciones, y el número de veces que lo ha hecho el móvil. Podrán ver que su mejor amigo es el móvil, y encima a él no tienes que aguantarle.
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sábado, 23 de febrero de 2008
domingo, 17 de febrero de 2008
Taxistas, un suplicio necesario
Meterme en un taxi me produce siempre una sensación entre pánico, curiosidad y alivio.
De atrás a adelante, de lo dulce a lo doloroso:
La lógica nos dice que un taxi es un medio de transporte cómodo y rápido, lo utilizamos en diversas ocasiones por lógica, y algunas como en mi caso por placer. Ojo, no es un rollo fetichista, es sólo que suelo encontrar varios motivos por los que me satisface más ir en taxi que en otro medio de transporte como el metro, donde podría encontrarme con los siempre temidos seres de las profundidades.
La experiencia nos dice que debemos quitarnos la venda de los ojos y observar la realidad tal y como es. Los taxis no son necesariamente más rápidos que cualquier otro medio de transporte, y no hablo de cosas obvias como la mayor o menor cantidad de tráfico que podamos encontrarnos en la ciudad, hablo del mayor o menor grado de competencia del conductor, también llamado taxista. Porque no sé a vosotros, pero a mi me ha tocado cada uno de órdago. Recuerdo uno que cuando le dije donde iba, el tío debió sentir que yo le hablaba en binario, porque se pasó todo el camino preguntándome, ¿y eso por dónde está?, ¿no has estado nunca?, ¿no te suena el camino? yo me pasé todo el trayecto respondiéndole: si yo supiera como ir no habría cogido un taxi. El tipo en cuestión pudo parar apróximadamente 5 veces hasta llegar a nuestro destino para consultar el callejero, reprogramar el GPS y hacer 5 llamadas a la NASA para que le dieran planos astrales de la ubicación exacta del objetivo. Fue toda una experiencia. Por cierto, nuestro destino no era el Triángulo de las Bermudas, si no Pozuelo.
Los taxis tampoco son necesariamente cómodos, especialmente cuando durante un trayecto unas palabras atenazan tu cabeza ansiosas por salir entre tus labios: ¿a usted dónde le han dado el carnet, en una tómbola?. Uno de cada tres taxis que cojo me hace salir con el estómago revuelto porque el tipo se cree Carlos Sáinz al volante.
Pero lo peor, lo más terrible y dramático de coger un taxi, es sin duda esa necesidad que tiene el taxista de ser un buen RR.PP.
¿Cuántas veces no coges un taxi un poco borracho, o medio dormido, o cabreado, o triste, o preocupado, o con cualquier motivo con el que te ha castigado el día, y el taxista decide que "debe" darte conversación?
Taxista: "bueno pues ya es viernes"
Cliente: "sí"
Taxista: "pues han dicho que mañana va a llover"
Cliente: "vaya"
Taxista: "ay que ver cómo se ponen las tiendas un día como hoy"
Cliente: "sí, es terrible"
...
El taxista, aún a pesar de que tus respuestas se reducen exclusivamente a monosílabos, quiere continuar un diálogo estéril, carente de interés y trascendencia.
Luego hay otros con un diálogo quizá más interesante pero que a ti te apetece aún menos oir o menos dialogar con este tipo al que acabas de conocer y desde luego deseas no volver a ver en tu vida: diálogos políticos porque en ese momento en la radio hablan de Zapatero, diálogos sobre lo detestable que es la humanidad (tema que como imaginaréis me encanta, pero raras veces coincido con las opiniones de los taxistas), o diálogos sobre la familia del taxista, que también pasa. A unas a amigas y a mi un taxista consiguió acojonarnos literalmente cuando tras echar pestes sobre el nuevo novio de su ex-mujer, amenazó con cortarle la cabeza a la susodicha y llevarse a los "chiquillos" con él. Aún intentamos superar aquella experiencia.
El tema de llamar a un taxi para que venga a buscarte también tiene miga, pero de eso hablaré en otra ocasión, no quiero hacer cundir el pánico ni provocar pesadillas en los pobres lectores que aguantáis mis pestes.
Así que concluyendo, señores, coger un taxi es una desagradable vivencia que lamentablemente tenemos que experimentar sí o sí. Es un suplicio necesario por el que encima tenemos que pagar y no poco precisamente. Pero siempre tendremos el consuelo de haber salido victoriosos en esa plaza, de los 10 minigrupitos que había sólo tú conseguiste subir al taxi.
De atrás a adelante, de lo dulce a lo doloroso:
- Alivio porque es increíble lo difícil que resulta coger un taxi en Madrid, absolutamente increíble. Un sábado a las 5 de la mañana tienes más posibilidades de que un avión de las fuerzas armadas te recoja y te deje en la puerta de tu casa que de encontrar un taxi sin: recorrerte medio Madrid, esquivar las plazas, ya que suelen tener minigrupitos de personas estratégicamente ubicadas (como en el Risk) para hacerse con el control del próximo taxi que llegue, o acabar congelado en cualquier esquina y con alucinaciones tipo "he visto una luz verde", "sí Manolo, es un semáforo".
- Curiosidad, porque es como en un sorteo, no sabes qué tipo de taxista te va a tocar.
- Pánico, cuando ya has visto el taxista que te ha tocado y ves muy lejos el camino a tu casa.
La lógica nos dice que un taxi es un medio de transporte cómodo y rápido, lo utilizamos en diversas ocasiones por lógica, y algunas como en mi caso por placer. Ojo, no es un rollo fetichista, es sólo que suelo encontrar varios motivos por los que me satisface más ir en taxi que en otro medio de transporte como el metro, donde podría encontrarme con los siempre temidos seres de las profundidades.
La experiencia nos dice que debemos quitarnos la venda de los ojos y observar la realidad tal y como es. Los taxis no son necesariamente más rápidos que cualquier otro medio de transporte, y no hablo de cosas obvias como la mayor o menor cantidad de tráfico que podamos encontrarnos en la ciudad, hablo del mayor o menor grado de competencia del conductor, también llamado taxista. Porque no sé a vosotros, pero a mi me ha tocado cada uno de órdago. Recuerdo uno que cuando le dije donde iba, el tío debió sentir que yo le hablaba en binario, porque se pasó todo el camino preguntándome, ¿y eso por dónde está?, ¿no has estado nunca?, ¿no te suena el camino? yo me pasé todo el trayecto respondiéndole: si yo supiera como ir no habría cogido un taxi. El tipo en cuestión pudo parar apróximadamente 5 veces hasta llegar a nuestro destino para consultar el callejero, reprogramar el GPS y hacer 5 llamadas a la NASA para que le dieran planos astrales de la ubicación exacta del objetivo. Fue toda una experiencia. Por cierto, nuestro destino no era el Triángulo de las Bermudas, si no Pozuelo.
Los taxis tampoco son necesariamente cómodos, especialmente cuando durante un trayecto unas palabras atenazan tu cabeza ansiosas por salir entre tus labios: ¿a usted dónde le han dado el carnet, en una tómbola?. Uno de cada tres taxis que cojo me hace salir con el estómago revuelto porque el tipo se cree Carlos Sáinz al volante.
Pero lo peor, lo más terrible y dramático de coger un taxi, es sin duda esa necesidad que tiene el taxista de ser un buen RR.PP.
¿Cuántas veces no coges un taxi un poco borracho, o medio dormido, o cabreado, o triste, o preocupado, o con cualquier motivo con el que te ha castigado el día, y el taxista decide que "debe" darte conversación?
Taxista: "bueno pues ya es viernes"
Cliente: "sí"
Taxista: "pues han dicho que mañana va a llover"
Cliente: "vaya"
Taxista: "ay que ver cómo se ponen las tiendas un día como hoy"
Cliente: "sí, es terrible"
...
El taxista, aún a pesar de que tus respuestas se reducen exclusivamente a monosílabos, quiere continuar un diálogo estéril, carente de interés y trascendencia.
Luego hay otros con un diálogo quizá más interesante pero que a ti te apetece aún menos oir o menos dialogar con este tipo al que acabas de conocer y desde luego deseas no volver a ver en tu vida: diálogos políticos porque en ese momento en la radio hablan de Zapatero, diálogos sobre lo detestable que es la humanidad (tema que como imaginaréis me encanta, pero raras veces coincido con las opiniones de los taxistas), o diálogos sobre la familia del taxista, que también pasa. A unas a amigas y a mi un taxista consiguió acojonarnos literalmente cuando tras echar pestes sobre el nuevo novio de su ex-mujer, amenazó con cortarle la cabeza a la susodicha y llevarse a los "chiquillos" con él. Aún intentamos superar aquella experiencia.
El tema de llamar a un taxi para que venga a buscarte también tiene miga, pero de eso hablaré en otra ocasión, no quiero hacer cundir el pánico ni provocar pesadillas en los pobres lectores que aguantáis mis pestes.
Así que concluyendo, señores, coger un taxi es una desagradable vivencia que lamentablemente tenemos que experimentar sí o sí. Es un suplicio necesario por el que encima tenemos que pagar y no poco precisamente. Pero siempre tendremos el consuelo de haber salido victoriosos en esa plaza, de los 10 minigrupitos que había sólo tú conseguiste subir al taxi.
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