De atrás a adelante, de lo dulce a lo doloroso:
- Alivio porque es increíble lo difícil que resulta coger un taxi en Madrid, absolutamente increíble. Un sábado a las 5 de la mañana tienes más posibilidades de que un avión de las fuerzas armadas te recoja y te deje en la puerta de tu casa que de encontrar un taxi sin: recorrerte medio Madrid, esquivar las plazas, ya que suelen tener minigrupitos de personas estratégicamente ubicadas (como en el Risk) para hacerse con el control del próximo taxi que llegue, o acabar congelado en cualquier esquina y con alucinaciones tipo "he visto una luz verde", "sí Manolo, es un semáforo".
- Curiosidad, porque es como en un sorteo, no sabes qué tipo de taxista te va a tocar.
- Pánico, cuando ya has visto el taxista que te ha tocado y ves muy lejos el camino a tu casa.
La lógica nos dice que un taxi es un medio de transporte cómodo y rápido, lo utilizamos en diversas ocasiones por lógica, y algunas como en mi caso por placer. Ojo, no es un rollo fetichista, es sólo que suelo encontrar varios motivos por los que me satisface más ir en taxi que en otro medio de transporte como el metro, donde podría encontrarme con los siempre temidos seres de las profundidades.
La experiencia nos dice que debemos quitarnos la venda de los ojos y observar la realidad tal y como es. Los taxis no son necesariamente más rápidos que cualquier otro medio de transporte, y no hablo de cosas obvias como la mayor o menor cantidad de tráfico que podamos encontrarnos en la ciudad, hablo del mayor o menor grado de competencia del conductor, también llamado taxista. Porque no sé a vosotros, pero a mi me ha tocado cada uno de órdago. Recuerdo uno que cuando le dije donde iba, el tío debió sentir que yo le hablaba en binario, porque se pasó todo el camino preguntándome, ¿y eso por dónde está?, ¿no has estado nunca?, ¿no te suena el camino? yo me pasé todo el trayecto respondiéndole: si yo supiera como ir no habría cogido un taxi. El tipo en cuestión pudo parar apróximadamente 5 veces hasta llegar a nuestro destino para consultar el callejero, reprogramar el GPS y hacer 5 llamadas a la NASA para que le dieran planos astrales de la ubicación exacta del objetivo. Fue toda una experiencia. Por cierto, nuestro destino no era el Triángulo de las Bermudas, si no Pozuelo.
Los taxis tampoco son necesariamente cómodos, especialmente cuando durante un trayecto unas palabras atenazan tu cabeza ansiosas por salir entre tus labios: ¿a usted dónde le han dado el carnet, en una tómbola?. Uno de cada tres taxis que cojo me hace salir con el estómago revuelto porque el tipo se cree Carlos Sáinz al volante.
Pero lo peor, lo más terrible y dramático de coger un taxi, es sin duda esa necesidad que tiene el taxista de ser un buen RR.PP.
¿Cuántas veces no coges un taxi un poco borracho, o medio dormido, o cabreado, o triste, o preocupado, o con cualquier motivo con el que te ha castigado el día, y el taxista decide que "debe" darte conversación?
Taxista: "bueno pues ya es viernes"
Cliente: "sí"
Taxista: "pues han dicho que mañana va a llover"
Cliente: "vaya"
Taxista: "ay que ver cómo se ponen las tiendas un día como hoy"
Cliente: "sí, es terrible"
...
El taxista, aún a pesar de que tus respuestas se reducen exclusivamente a monosílabos, quiere continuar un diálogo estéril, carente de interés y trascendencia.
Luego hay otros con un diálogo quizá más interesante pero que a ti te apetece aún menos oir o menos dialogar con este tipo al que acabas de conocer y desde luego deseas no volver a ver en tu vida: diálogos políticos porque en ese momento en la radio hablan de Zapatero, diálogos sobre lo detestable que es la humanidad (tema que como imaginaréis me encanta, pero raras veces coincido con las opiniones de los taxistas), o diálogos sobre la familia del taxista, que también pasa. A unas a amigas y a mi un taxista consiguió acojonarnos literalmente cuando tras echar pestes sobre el nuevo novio de su ex-mujer, amenazó con cortarle la cabeza a la susodicha y llevarse a los "chiquillos" con él. Aún intentamos superar aquella experiencia.
El tema de llamar a un taxi para que venga a buscarte también tiene miga, pero de eso hablaré en otra ocasión, no quiero hacer cundir el pánico ni provocar pesadillas en los pobres lectores que aguantáis mis pestes.
Así que concluyendo, señores, coger un taxi es una desagradable vivencia que lamentablemente tenemos que experimentar sí o sí. Es un suplicio necesario por el que encima tenemos que pagar y no poco precisamente. Pero siempre tendremos el consuelo de haber salido victoriosos en esa plaza, de los 10 minigrupitos que había sólo tú conseguiste subir al taxi.