domingo, 6 de julio de 2008

Una ceremonia hortera para gente hortera (1ª parte)

Todo comienza con algo tan inocente como una invitación. Las recibías con 6 años para invitarte al cumple de un amigo, las recibes ahora para invitarte a una charla sobre enciclopedias en algún pueblo de Extremadura con regalo de una agenda electrónica incluído, pero una invitación nunca fue tan significativa como aquella que te anuncia la boda de alguien. Esa invitación es el primer acercamiento, la primera visión de lo que será esa tortuosa ceremonia que vendrá después. Porque nada más abrir ese sobre, es inevitable que se te escape un: “qué hortera”. Una invitación hortera sabes que significa una boda hortera. Por el contrario, si una invitación no es hortera, sabes que aún te queda una posibilidad de que la ceremonia sea medianamente salvable. Es como el predictor, si da negativo aún puedes tener una esperanza, si da positivo ten por seguro que estás jodido.

El hecho de casarse siempre me ha puesto los pelos de punta, dos personas que necesitan un papel, un cura, un juez, a toda la familia, amigos, compañeros de trabajo e incluso desconocidos, para confirmar, jurar y poner por escrito que la otra persona está unida a ti hasta que la muerte os separe, es como el argumento de alguna retorcida peli de terror psicológico.

Así que es dificil que una boda me atraiga, pero más aún que no me parezca hortera. Independientemente del tipo de ceremonia, es muy, muy dificil que una boda no sea hortera.

Tenemos que partir de un handicap con el que en mi opinión cuentan las ceremonias matrimoniales, y es que siguen un patrón, igual que una nochevieja, igual que un bautizo.
De hecho, es un acto tan protocolario y poco maleable que existen lugares que se encargan de organizar todo el temita de principio a fin. Vamos, desde llevar a la novia al altar hasta echar a los familiares borrachos del recinto.
Lo tienen todo calculado, y encima, han creado un patrón que han conseguido vender a una gran mayoría, ya que en el salón de al lado ves cómo se celebra otra boda clónica a la que tú estás sufriendo.

A propósito, llegados a este punto tengo que aclarar algo, por lo que puedan pensar determinadas personas. Una boda de por sí es hortera, pero el que intenta distinguirse de otras bodas celebrándola en un salón más caro, creyendo así que no está siguiendo el mismo patrón que los demás, es aún más hortera, y encima bobo porque se gasta más. Podemos continuar.

Cuando has ido a una boda, has ido a todas. Independientemente de si alguien se casa por lo civil, lo religioso o por el rito tibetano (últimamente en boga), lo que acontece tras el enlace es un sinfín de momentos que vividos una vez ya los has vivido siempre:

  • Alternar con personas que no conoces de nada, pero con las que, al igual que en Facebook, compartes la teoría de los 6 grados. Esto te lleva a conversaciones constantes de ascensor e intercambio de impresiones sobre la boda, casi siempre positivas porque ninguno de los invitados sabe hasta donde llega la relación de los otros con los novios.
  • Acabar medio borracho y con dolor de cabeza, no por la cantidad de alcohol que bebes, si no por la mezcla que consumes: empiezas en el cocktail con una cerveza que se te junta en la mesa con la primera copa de vino blanco acorde con el primer plato. Pero te das cuenta de que ya te han puesto el segundo plato y es carne, con lo cual, una segunda copa ha aparecido junto a la de blanco, es una de tinto. En mitad del solomillo, bebes indistintamente de ambas copas porque te estás liando (consecuencia del estado de embriaguez precoz). Es entonces cuando se le da uso a la siguiente copa, la llenan de cava, y claro, es el brindis, así que a beber. Intentas recuperarte con el café y te ponen el licorcito, seguido de la siempre ansiada copa, el cubata con el que ya te sientes como en casa, pero sabes que no será el último, así que antes de que empiece la fiesta, lo dicho, ya estás borracho.
  • La vergüenza ajena. Esta emana tras presenciar cositas tan poquito horteras como la parejita feliz partiendo una tarta con una espada, que alguien grite "vivan los novios", o peor "viva la madrina", que suene una musiquita cuando los novios entran a salón de la cena, que la gente sea trasladada del hotel al salón en un autobús cual excursión del colegio (del salón al hotel con el estado de embriaguez es todavía peor), y un laaaaargo etcétera.
  • El bailecito. ¿Por qué? Porque no hay boda sin baile al igual que no hay boda que no sea hortera. El baile es la mayor tortura de la boda. Un sinfín de canciones de verano precedidas por el siempre presente pasodoble y precedido a su vez por el espontáneo y poco hortera vals de los novios, convierten al baile en algo parecido a un campo de batalla, en el que debes esconderte para evitar ser bombardeado o presenciar cosas que, citando al filósofo de la vida John Rambo, harían vomitar a una cabra. Ejemplo práctico, quién no ha escuchado en una boda alguna de estas canciones: Paquito el chocolatero, Mayonesa, Aserejé, Cántame, El tiburón, Cuando tú vas yo vengo, ...
  • El atuendo de novios e invitados. Bueno venga, soy incapaz de continuar. Demasiados horrores para un solo post. Nadie es capaz de soportar tanto de golpe. Señores, les dejo respirar, continuaré la semana que viene.

2 comentarios:

Hans Schnier dijo...

Un verdadero escándalo. No sé cómo Amnistía Internacional no ha hecho ya alguna campaña contra las bodas. Como bien dices, todo empieza con una invitación hortera, y el primer engaño llega precisamente ahí. Donde dice "nos gustaría que nos acompañaseis en este día tan especial", quiere decir "dame pasta para amueblar el piso, que yo te invito a cenar aunque no te apetezca". Al más puro estilo calabrés. Después, por supuesto, toca pasar calor con la corbata y la chaqueta en julio, mantener conversaciones absurdas y escuchar comentarios como "está guapísima" o "el chico parece formal". Después de la cena toca evitar cualquier invitación para bailar canciones infames y volver de madrugada conduciendo desde lugares de celebración que siempre están a más de 30 kilómetros de la ciudad.

poison dijo...

Sísí lo de pagarles la boda es otro drama aparte.
Vivir para ver, tienes que pasar por este suplicio y encima te pagas tú el cubierto...menudo negocio.
No entiendo como a nadie se le ha ocurrido aún crear la "antiboda"...