sábado, 23 de febrero de 2008

El móvil, el aliado del ser que detesta a la humanidad

Mi mejor amigo es mi móvil. Reiros reiros, pero antes de cerrar la página, echad un vistazo a vuestros recuerdos. Pensad un momento en la cantidad de veces que el móvil ha estado ahí, a vuestro lado en los momentos más duros; cuando más apoyo necesitabáis, cuando más compañía necesitabáis, cuando más individuos os tocaban las narices. Ahí estaba él, con sus lucecitas, con su sonidito, con sus teclas, ansioso de ser tocado por su necesitado dueño.

El móvil será recordado en los anales de la historia no por su utilidad como medio de comunicación, sino por su gran labor rescatadora en los peores momentos sociales.

Caso 1: conversación sin interés.
¿No habéis tenido nunca esa sensación? Es como la de verse con 40 años viviendo en casa de tus padres, es la de mirar a tu alrededor y pensar, ¿cómo he llegado a este punto? ¿Por qué no le puse remedio a tiempo?, ¿cómo puedo volver atrás? Piensas: "necesito un milagro para que todo dé un giro de 180º y vuelva a la normalidad". ¿Cuántas veces nos encontramos sin darnos cuenta rodeados por una conversación entre un grupo de personas, que por más que lo intentas no tiene interés alguno para ti? Y sientes que puedes mirarte a ti mismo desde arriba y ver que tu cara se está deshaciendo, no eres capaz de gesticular, los minutos parecen horas, encima sientes que nadie más se encuentra en la misma situación que tú, y con cada palabra que uno suma a la conversación ves más lejos que aquello pueda terminar.
Ahí está tu solución, el móvil. Seguro que tu bandeja de entrada tiene correos sin leer que justo en ese momento requieren tu atención. Os aseguro que por poco importantes que sean, resultarán mil veces más interesantes y amenos que la conversación que tanto os aburre. Si soléis padecer el mal de la conversación sin interés os recomiendo compraros una Blackberry, PDA, o cualquier dispositivo similar que os permita acceder a vuestro correo electrónico.

Caso 2: el pesado de turno.
En una comida, en un bar o en cualquier evento social, corres el riesgo de ser hablado por el pesado de turno. No voy a entrar en descripciones porque sinceramente creo que todos nos hemos encontrado con el pesado de turno. Pero sí voy a destacar un detalle común a todos. Es pesado, muy pesado, y aunque llegue un momento en que no le contestes más que con un o un no, el pesado de turno no para de hablar, convencido de que a ti te interesa lo que dice no repara en que a lo mejor no le das una colleja y te largas dejándole con la palabra en la boca porque tienes educación.
Bien, sigamos haciendo alarde de nuestra educación, guárdemonos la colleja para otra situación más desesperada aún y echemos mano de ese gran amigo, el móvil:
"Uy, ¿qué hora es?, ¿la una?, perdóname pero es que hace media hora que tenía que haber hecho una llamada importante, pero me he enrollado a hablar... oye, luego seguimos, ¿eh?". JA! Va a seguir Rita, en cuanto me largue a hacer la llamada ya me has visto, ¡pesado!.

Caso 3: en el taxi prevenir es mejor que curar.
Cuando te subes a un taxi puedes tener, como ya hemos comentado anteriormente, la suerte de que te toque un taxista silencioso, o un cansino que no para de hablar. Bien, si una vez le has dicho el destino empieza a bombardear con una pregunta tipo "¿qué, a casa ya a descansar no?" es el momento de responder diciendo "hola, ¿me has llamado ,no?" En realidad no le respondes a él, si no a alguien que hay al otro lado del teléfono, o puede que no haya nadie, esa ya es decisión tuya, pero será sin duda más agradable que la conversación de ascensor que puedas mantener con el taxista. Eso sí, sabes que va a ser el taxi más caro de la historia, porque yo te recomiendo que mantengas la conversación vía movil hasta llegar a tu destino.


Caso 4: quiero estar solo.
Esta es la opción en que más claro tienes que vas a usar el movil para esquivar al mundo. Aquí ya vas predispuesto, móvil en mano te diriges hacia donde sea con él, a llamar, a escribir un mensaje, a lo que sea, pero de cara a la sociedad ya llevas el escudo protector, el de "no me hables". Se da también en varias situaciones: cuando durante el trabajo bajas a fumarte un cigarro y no quieres hablar con nadie porque no estás de humor para alternar, cuando estás en El Corte Inglés y no quieres que ninguna vendedora insoportable te agobie con sus ansias de llevarse comisión y quieres mirar las cosas a tu bola, cuando estás con un grupo de personas a las que conoces pero no quieres hablar con ellas y realmente estás esperando a esa o esas personas con las que te llevas bien o has quedado...

Si a estos y otros muchos casos que se nos presentan a diario a los individuos que detestamos a la humanidad por naturaleza le sumamos las situaciones en las que llevas un buen rato esperando a alguien y para matar el tiempo usas el móvil, o simplemente para no parecer que estás solo porque el pesado de tu amigo se ha tirado en la ducha más tiempo del necesario, les añadimos el hecho de que un SMS puede librarnos de una eterna llamada telefónica con alguien que se enrolla más que las persianas, o simplemente puede conseguir evadirnos aunque sea por unos minutos de las tonterías que oímos a nuestro alrededor, señores, pongan en una lista el número de veces que uno de sus amigos le ha librado de todas estas angustiosas situaciones, y el número de veces que lo ha hecho el móvil. Podrán ver que su mejor amigo es el móvil, y encima a él no tienes que aguantarle.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo voy incluso más allá. No es que hable por el móvil para evitar una conversación embarazosa o para pasar el rato en una reunión social en la que no soy amigo de nadie. Es que HAGO QUE HABLO por el móvil. Te plantas el teléfono en la oreja y el efecto "escudo protector" es el mismo. Así no te gastas dinero y no aburres a un conocido/a con una llamada cuando no tienes nada que contarle. Eso sí, sólo funciona durante unos cuantos segundos si no quieres ponerte a hablar solo, pero siempre puedes completar la operación inmediatamente después con un SMS falso. Aunque no tengas nada importante que escribir a nadie, te dedicas a teclear la lista de las capitales africanas con fingida cara de agobio.

Yo Detesto dijo...

Amigo hans, cuanta razón tienes, sería interesante que los móviles llevaran por defecto una aplicación de conversación automática que te fuera haciendo preguntas y respuestas telefónicas cuando necesitas fingir una conversación.

Anónimo dijo...

Fue un gesto interesante, algo propio de una mujer acostumbrada a la entereza de resignarse con la cabeza alta. La noche que me despedí de ella, me dijo: "Este es mi teléfono. No tengo fe en que me llames y si te doy mi número, es para envejecer con la sensación de que si no me llamaste, no fue por indiferencia, sino por haber perdido el número". En el fondo no estaba equivocada. Soy un tipo desordenado que a menudo le telefonea a una mujer con el número de otra. Una desconocida me regaló sus medias usadas una noche hace algunos años y las conservé en el maletero del coche hasta que me deshice de ellas por miedo a que en un control de Policía me acusasen de cualquier asesinato. Ocurrió en una etapa de mi vida llena de desarraigo mientras sin darme apenas cuenta avanzaba a oscuras hacia la consulta del siquiatra. ¿Sabes?, en aquel desquiciado periodo de mi vida en una misma noche me fijaba en una mujer hermosa, me declaraba de inmediato a cualquier chica del montón y acababa de madrugada en cama con una fulana que tenía en los besos la saliva de Edward G .Robinson y le olía la cama como si la hubiese lavado con el agua de baldear la cubierta de un bacaladero. Al despertar a media mañana me fijé en la habitación. Estaba todo tan revuelto como si la hubiese amueblado con una explosión de gas. "Perdona que esté todo un poco desornado, lo que pasa es que no pensaba traer a nadie a casa", se explicó. Yo no le di importancia. El desorden siempre añade una nota de vicio que refuerza la excitación del sexo. Lo que cuenta es la buena fe, la disposición de ánimo y la hospitalidad. También es interesante que te confíen su número de teléfono por si acuerdas llamar. Ella lo hizo así, lo que pasa es que cuando miré el número, noté que tenía dieciséis cifras y dos letras, con lo cual supuse que por error me había dado el confuso teléfono de un quinielista o las notas de tres jugadas de ajedrez. De todos modos ella seguramente debió intuir que jamás le telefonearía. Fue mejor así. Raras veces desando el camino hacia nadie. Prefiero la experiencia de errores nuevos con gente distinta, hombres y mujeres que se abren lo justo para que sólo sepas de ellos que no llevan más de ocho horas muertos. Estoy de acuerdo con quienes creen que para una mujer escéptica lo interesante es enamorarse de un desconocido y vivir felizmente angustiada el tiempo que aquel fulano tarde en convertirse en un extraño. Me dijo en una ocasión una buena amiga mía que lo mejor de la gente es el dudoso recuerdo que deja y que un hombre resulta definitivamente más apasionante cuando se ausenta para siempre dejando olvidados el tabaco, la transpiración y el sueño. Cuando una mujer quiere olvidar para siempre a un hombre, muchacha, no necesita en absoluto retirarle el saludo o pedirle la devolución del correo; eso sólo lo haría una mujer corriente. Las mujeres de mundo saben que la huella emocional más profunda de un hombre vulgar suele ser el sudor de la espalda y el requesón de los calcetines. Por eso cuando una mujer interesante quiere olvidar a un hombre corriente, muchacho, le basta con ventilar la alcoba. Mi querida B. conservó mi huella mientras alentó la remota esperanza de que volviese a su lado. Al final claudicó. Y lo hizo sin grandes aspavientos y sin recurrir al diván del sicólogo. Sinceramente, me llevé un chasco. Creí haber sido el tipo más importante de su vida. Me equivoqué. Mi querida B,. se deshizo de mi recuerdo arrojando a la basura mis colillas de los últimos cuatro meses. Con todo, la decisión le dio bastante trabajo. Porque con lo que fumo, la pobre B. tuvo que bajar a la calle una bolsa con una basura gris y pesada que parecía el brasero del Holocausto. Me hice el tipo duro pero reconozco que me costó levantarme de aquel golpe. Una madrugada me entró nostalgia y la llamé a casa . Tenía mi corazón tan cerca del suyo en un nudo del teléfono, que recuerdo que le pregunté por mí. Después salí a la calle. Se presentía la luz torda del amanecer. Arrimé el coche a una panadería y compré el desayuno para mi cadáver. Creo que la casa de mi querida B. huele como una clínica desde que no echo mi ceniza en sus flores. Y el caso, muchacha, es que volví a casa con la extraña sensación de haber olvidado la camisa en mi cuerpo...

Amaral dijo...

¿Quién lo iba a decir? el telefono móvil ya no nos hace exclavos sino (qui´za debí escribir, si no) que nos libera.