sábado, 29 de marzo de 2008

¡Gracias por permitirme comer aquí! (2ª parte)

¡Aquí os dejo los cubiertos, ir repartiéndoslos!, os juro que esa fue la frase de entrada que recibimos mis amigos y yo en un restaurante al lado de la playa, en Denia. Nuestra cara fue digna de verse, nos miramos unos a otros sin decir nada, esperando que alguno tuviera la respuesta a nuestra duda existencial: "¿Lo ha dicho en serio?"
Ciertamente el restaurante era para escribir un libro entero de anécdotas. Por poner un ejemplo bastante gráfico, en la mesa de al lado podías observar cómo uno de los camareros que servía una paella se sacudía los restos de arroz de sus dedos sobre el plato que a continuación ofrecía a los comensales. Sí, tranquilos, no seguiré contando cómo acabó ese día.

Pues normalmente las pongo a 5, me replicó cargado de razón un camarero cuando le dije que me parecía un poco exagerado que cada gamba de la ración que acabábamos de consumir nos costara 4 €, teniendo en cuenta que incluso estaban tan poco hechas que casi saltaban del plato en busca del océano, de El Manzanares, o cualquier maldito recinto acuático donde pudieran refugiarse de nuestras ansiosas manos. Lógicamente, las pagamos, y a continuación decidimos recuperar en chupitos invitados por la casa cada euro que nos habían robado por semejante recomendación; ¡ah! ¿no os lo había dicho?, sí, era la recomendación de la casa, ¡nos ha jodido!

Es que en este restaurante hacemos las pizzas así. Una vez más, el rostro de otra persona, una antigua compañera de trabajo, quedó perplejo ante este comentario. Esta fue la respuesta que le dio el encargado de una pitería a la que solíamos ir mis compañeros y yo a comer. Respuesta al siguiente comentario: oiga, esta pizza es congelada, el queso no se ha fundido, y el tomate está frío, por cierto, hablando del tomate, me ha extrañado que estuviera cubriendo la pizza en lugar de estar debajo de los ingredientes.
Ante la cara de asombro de la muchacha (y las consecuentes risas de los que la mirábamos), el encargado acabó por reconocer que aquello no era correcto e hizo la pizza de nuevo.
A propósito, lo habéis leído bien, era una pitería no una pizzería. De hecho, ésta era la única pizza de la carta, da que pensar...

Tú lo que quieres es que me pille el toro. Sí, yo era pequeña y aquí es donde empecé a conocer la España profunda. Esa fue la bienvenida que nos dieron a mi familia y a mi en un restaurante sólo por decirle al camarero que queríamos una mesa, lo habitual que se suele pedir al entrar a un restaurante. Mi madre estuvo muy ágil y le dijo: no hombre no, yo no quiero que usted sufra, adiós.

Eggs fried with potatoes.
Mmm, a ver, pensad bien en esto sin reiros: eggs fried with potatoes. Bien, este era uno de los platos de la carta de un restaurante a la salida de Huéscar. Era la parte del menú para angloparlantes. Te da tranquilidad saber que un país que vive del turismo ofrece a dichos turistas esta calidad de servicio lingüístico y, sobre todo, una vez más queda constancia del dominio del idioma que hay en España. Vamos, que nadie se ría hoy en día si ve Bienvenido Mr Marshall, porque os aseguro que no han cambiado tanto las cosas.
Por cierto, si el ejemplo gastronómico no os ha parecido significativo, tengo otro que os aseguro también estaba en la carta: Lubin to the back... ¿es o no es vergonzoso?

- Pues es que el aperitivo también se cobra
- Oiga, pero si no lo hemos pedido
- Ya, pero se cobra
Qué ironías tiene la vida, una marisquería en el barrio de salamanca, donde se presume de estatus pero no de tacañería, pues os aseguro que hay que ser muy cutre en esta vida para cobrarte 12€ por unas aceitunas que tú no pides después de pagar casi 500€ por una cena. En la tasca de mi barrio las aceitunas te las ponen gratis con la cerveza, ¡y a veces hasta gambas!


Señores, vuelvan a leer la primera parte de este post, y recapaciten...

sábado, 15 de marzo de 2008

Patadas al lenguaje

"Yo estudio chino, es el lenguaje de negocios del futuro".
"Yo soy bilingüe en inglés, si hoy en día no dominas esta lengua no vas a ningún sitio".
"Yo he aprendido a hablar en binario, es que soy un freaky".

Es increíble el interés que pone la gente en aprender otros idiomas y el poco interés que pone en aprender el idioma materno, el autóctono, el que mejor debes conocer si quieres comunicarte con los que te rodean.
El significado que la Real Academia Española da a la palabra "insociable" es: Huraño o intratable, o que no tiene condiciones para el trato social.
Bien, pues es curioso con qué facilidad la gente puede tacharte de insociable porque no te guste comunicarte demasiado con otras personas (huraño o intratable) cuando hay gente que es insociable porque es incapaz de hacerlo, verbalmente hablando (no tiene condiciones para el trato social).
Por algún misterioso motivo, cuando se le enseñaron las normas de conducta en sociedad a los seres humanos (a algunos, otros aún están descubriéndolas o ni eso) olvidaron recalcar la de el buen uso del lenguaje.

Tenemos un grupo numeroso al que es imposible entenderlos, sencillamente porque deciden obviar letras en sus palabras: ¿ignorancia?, ¿economía del lenguaje?, ¿pereza?. Desconozco el motivo exacto, pero sé que es difícil comprender lo que dicen. "Vocaliza... ¿quieres vocalizar, no te entiendo?" La acusadora frase no es mía, si no de Willy Wonka.

Es fascinante cómo mucha gente decide castigar nuestro diccionario con palabras inventadas y mal escritas, o cómo la falta de interés en ellos les hace obligarte a escuchar frases como: "bueno, qué más da, eso es un detalle sin importancia", como contestación a tu frase: "La palabra confirmación lleva tilde, y por cierto sí, se confirma, sin tilde, que eres un analfabeto" (esa coletilla te la callas, aún sabiendo que eso afectará a tu úlcera en el futuro).

Y es que puede que no todo el mundo lo entienda, pero de verdad que el mal uso del lenguaje arruina la comunicación entre los seres humanos.
Pensad por un momento en la diferencia que hay entre este titular:

Detenidos los sicarios del cartel de Cali
Detenidos los sicarios del cártel de Cali

El primer titular sin duda despertaría más curiosidad en mi: ¿qué coño habrán hecho los sicarios con el cartel para que les detengan? (olvidándonos del pequeño detalle de que sean sicarios).

Pero ahora imagina que lees un e-mail de un amigo en el que te dice:

"por cierto, ¿sabes que estoy estudiando ingles?"

Paco, por dios, ¡ponle la tilde al idioma que estudias o no podré quitarme la imagen de mi cabeza nunca más!

Realmente no me parecería tan descabellado que una persona que haya estudiado una carrera y sea al menos mayor de 23 años reciba una multita cada vez que comete una falta de ortografía, al menos de grado 1: tildes en agudas, b/v, dequeísmo, etc.

Señores, si creen que esta medida es injusta, intenten imaginar lo injusta que será la sentencia para alguien a quién acusen de estar implicado en un cártel frente a estarlo sólo en un cartel.

Este post está dedicado a alguien que nunca se ha olvidado de una tilde.

domingo, 9 de marzo de 2008

Los nucas

Hay gente que por motivos inexplicables puede provocarte distintas sensaciones aunque no los conozcas personalmente.
Estoy hablando de actores, cantantes, escritores, presentadores de televisión y demás personajes públicos.
Obviamente, no sabemos cómo son en la vida real. Pueden ser personas muy inteligentes, realmente simpáticas, agradables, buenas, pero nuestro único contacto con ellos es la televisión, el cine, periódicos y otros medios en que se muestran.
Esas personas te pueden provocar odio sólo por verles su cara. ¿Por qué? no sé, inexplicable. Pero sed francos, ¿cuántas veces no habéis cambiado de canal y al ver por ejemplo a un presentador habéis dicho: "esta es subnormal", o "no puedo con este tío".
Puede haber mil motivos que se mezclan: su cara, su tono de voz, su sonrisa, las tonterías que dice, o que se suela hacer el gracioso y no tenga gracia. Pero el caso es que aunque no hayas hablado con esa persona en tu vida, te provoca un odio visceral.
Os pongo unos ejemplos: Carmen Alcaide, Javier Bardem o Leonor Watling. Son personajes que, no me preguntéis por qué, pero es sólo verles la cara y me asalta mi instinto más asesino.

Por el contrario hay gente que, por la razón que sea, sólo escucharle o verle te hace gracia o te cae bien, y a lo mejor en su vida real es un ser absolutamente detestable, pero a ti te parece majo. De este caso os pondría algún ejemplo pero, sinceramente, no se me ocurre ninguno ahora mismo, tengo entendido que haberlos haylos, pero es como Bin Laden, todo el mundo dice que existe, pero nadie lo ha visto.

Y luego tenemos el último caso, la sensación intermedia, mis favoritos: "los nucas".
Los nucas son esos personajes que te caen mal, que te parecen tontos, pero que no superan esa barrera. Es decir, es ese tipo que cuando le ves piensas: "es que es tonto". No te provoca odio, no llega a tanto, y nunca podría caerte bien porque es un "nucas". Pero es un tipo de personas que si te los encontraras por la calle, te encantaría darles una colleja, de ahí lo de "nucas".
Hay "nucas" por todas partes, si miráis a vuestro alrededor, encontraréis un montón de seres que te llenan de esa sensación. Pero centrándonos en personajes de televisión, yo reconozco que hay varios "nucas" latentes. En mi caso, algunos de mis "nucas" favoritos son Manel Fuentes, David Bustamante, Rocío Madrid o Miguel Angel Muñoz (Mam para los amigos, os juro que he tenido que buscar su nombre en San Google que todo lo sabe).

Un "nucas" en televisión te hace ver las grandes injusticias del mundo. Piensas: "cómo este ser ha llegado a presentar un programa de televisión, pero si es que es tonto". Un "nucas" es un tipo que debió tener una infancia llena de collejas por ser el tonto de la clase. Un "nucas" es la persona que estando en un bar, con tu grupo de amigos, hablando todos, contando anécdotas y riéndonos, cuando cuenta su gracia o anécdota se hace un silencio que deseas sea interrumpido porque piensas: este es tonto.
¿A que empezais a visualizar varios nucas en vuestra cabeza?

Pues bien, este post era puramente informativo, de ahí su brevedad. Entendido el concepto, señores, hagan borrón y cuenta nueva, empiecen a llamar a las cosas por su nombre, cuando alguien les caiga mal pero no les provoque odio, cuando alguien les haga pensar "qué tío más tonto", y sientan que una colleja les satisfaría, sabrán que han conocido a un "nucas".

sábado, 1 de marzo de 2008

Brillante, irónico

El ser que detesta por naturaleza a la humanidad, y eso le hace detestable ante los ojos de los humanos.







Jajajaja, este es tremendo, para los que no hablen euskera aquí va parte de la traducción:

SECRETARIA: son sólo un par de preguntas... ¿como define tan bien a la mujer?
MELVIN: pienso en un hombre... y le elimino la sensatez y la responsabilidad

sábado, 23 de febrero de 2008

El móvil, el aliado del ser que detesta a la humanidad

Mi mejor amigo es mi móvil. Reiros reiros, pero antes de cerrar la página, echad un vistazo a vuestros recuerdos. Pensad un momento en la cantidad de veces que el móvil ha estado ahí, a vuestro lado en los momentos más duros; cuando más apoyo necesitabáis, cuando más compañía necesitabáis, cuando más individuos os tocaban las narices. Ahí estaba él, con sus lucecitas, con su sonidito, con sus teclas, ansioso de ser tocado por su necesitado dueño.

El móvil será recordado en los anales de la historia no por su utilidad como medio de comunicación, sino por su gran labor rescatadora en los peores momentos sociales.

Caso 1: conversación sin interés.
¿No habéis tenido nunca esa sensación? Es como la de verse con 40 años viviendo en casa de tus padres, es la de mirar a tu alrededor y pensar, ¿cómo he llegado a este punto? ¿Por qué no le puse remedio a tiempo?, ¿cómo puedo volver atrás? Piensas: "necesito un milagro para que todo dé un giro de 180º y vuelva a la normalidad". ¿Cuántas veces nos encontramos sin darnos cuenta rodeados por una conversación entre un grupo de personas, que por más que lo intentas no tiene interés alguno para ti? Y sientes que puedes mirarte a ti mismo desde arriba y ver que tu cara se está deshaciendo, no eres capaz de gesticular, los minutos parecen horas, encima sientes que nadie más se encuentra en la misma situación que tú, y con cada palabra que uno suma a la conversación ves más lejos que aquello pueda terminar.
Ahí está tu solución, el móvil. Seguro que tu bandeja de entrada tiene correos sin leer que justo en ese momento requieren tu atención. Os aseguro que por poco importantes que sean, resultarán mil veces más interesantes y amenos que la conversación que tanto os aburre. Si soléis padecer el mal de la conversación sin interés os recomiendo compraros una Blackberry, PDA, o cualquier dispositivo similar que os permita acceder a vuestro correo electrónico.

Caso 2: el pesado de turno.
En una comida, en un bar o en cualquier evento social, corres el riesgo de ser hablado por el pesado de turno. No voy a entrar en descripciones porque sinceramente creo que todos nos hemos encontrado con el pesado de turno. Pero sí voy a destacar un detalle común a todos. Es pesado, muy pesado, y aunque llegue un momento en que no le contestes más que con un o un no, el pesado de turno no para de hablar, convencido de que a ti te interesa lo que dice no repara en que a lo mejor no le das una colleja y te largas dejándole con la palabra en la boca porque tienes educación.
Bien, sigamos haciendo alarde de nuestra educación, guárdemonos la colleja para otra situación más desesperada aún y echemos mano de ese gran amigo, el móvil:
"Uy, ¿qué hora es?, ¿la una?, perdóname pero es que hace media hora que tenía que haber hecho una llamada importante, pero me he enrollado a hablar... oye, luego seguimos, ¿eh?". JA! Va a seguir Rita, en cuanto me largue a hacer la llamada ya me has visto, ¡pesado!.

Caso 3: en el taxi prevenir es mejor que curar.
Cuando te subes a un taxi puedes tener, como ya hemos comentado anteriormente, la suerte de que te toque un taxista silencioso, o un cansino que no para de hablar. Bien, si una vez le has dicho el destino empieza a bombardear con una pregunta tipo "¿qué, a casa ya a descansar no?" es el momento de responder diciendo "hola, ¿me has llamado ,no?" En realidad no le respondes a él, si no a alguien que hay al otro lado del teléfono, o puede que no haya nadie, esa ya es decisión tuya, pero será sin duda más agradable que la conversación de ascensor que puedas mantener con el taxista. Eso sí, sabes que va a ser el taxi más caro de la historia, porque yo te recomiendo que mantengas la conversación vía movil hasta llegar a tu destino.


Caso 4: quiero estar solo.
Esta es la opción en que más claro tienes que vas a usar el movil para esquivar al mundo. Aquí ya vas predispuesto, móvil en mano te diriges hacia donde sea con él, a llamar, a escribir un mensaje, a lo que sea, pero de cara a la sociedad ya llevas el escudo protector, el de "no me hables". Se da también en varias situaciones: cuando durante el trabajo bajas a fumarte un cigarro y no quieres hablar con nadie porque no estás de humor para alternar, cuando estás en El Corte Inglés y no quieres que ninguna vendedora insoportable te agobie con sus ansias de llevarse comisión y quieres mirar las cosas a tu bola, cuando estás con un grupo de personas a las que conoces pero no quieres hablar con ellas y realmente estás esperando a esa o esas personas con las que te llevas bien o has quedado...

Si a estos y otros muchos casos que se nos presentan a diario a los individuos que detestamos a la humanidad por naturaleza le sumamos las situaciones en las que llevas un buen rato esperando a alguien y para matar el tiempo usas el móvil, o simplemente para no parecer que estás solo porque el pesado de tu amigo se ha tirado en la ducha más tiempo del necesario, les añadimos el hecho de que un SMS puede librarnos de una eterna llamada telefónica con alguien que se enrolla más que las persianas, o simplemente puede conseguir evadirnos aunque sea por unos minutos de las tonterías que oímos a nuestro alrededor, señores, pongan en una lista el número de veces que uno de sus amigos le ha librado de todas estas angustiosas situaciones, y el número de veces que lo ha hecho el móvil. Podrán ver que su mejor amigo es el móvil, y encima a él no tienes que aguantarle.

domingo, 17 de febrero de 2008

Taxistas, un suplicio necesario

Meterme en un taxi me produce siempre una sensación entre pánico, curiosidad y alivio.
De atrás a adelante, de lo dulce a lo doloroso:
  • Alivio porque es increíble lo difícil que resulta coger un taxi en Madrid, absolutamente increíble. Un sábado a las 5 de la mañana tienes más posibilidades de que un avión de las fuerzas armadas te recoja y te deje en la puerta de tu casa que de encontrar un taxi sin: recorrerte medio Madrid, esquivar las plazas, ya que suelen tener minigrupitos de personas estratégicamente ubicadas (como en el Risk) para hacerse con el control del próximo taxi que llegue, o acabar congelado en cualquier esquina y con alucinaciones tipo "he visto una luz verde", "sí Manolo, es un semáforo".
  • Curiosidad, porque es como en un sorteo, no sabes qué tipo de taxista te va a tocar.
  • Pánico, cuando ya has visto el taxista que te ha tocado y ves muy lejos el camino a tu casa.
Si escribiéramos todos una lista de todas las, casi siempre, "desagradables" a la par que surrealistas anécdotas que nos han ocurrido en un taxi, no tendría espacio suficiente en este blog. De hecho puede que al acabar esta entrada abra un blog que se llame directamente: detestables taxistas. Ojo, que no incluyo, a todos, alguna vez me ha tocado uno de esos que sólo te pregunta "dónde quieres ir", y finalmente añade un "son XX euros". Así que quiero aclarar para que nadie se ofenda, que me dirijo sólo a ese 99% de los taxistas que nos hacen desear no habernos metido en un taxi.

La lógica nos dice que un taxi es un medio de transporte cómodo y rápido, lo utilizamos en diversas ocasiones por lógica, y algunas como en mi caso por placer. Ojo, no es un rollo fetichista, es sólo que suelo encontrar varios motivos por los que me satisface más ir en taxi que en otro medio de transporte como el metro, donde podría encontrarme con los siempre temidos seres de las profundidades.
La experiencia nos dice que debemos quitarnos la venda de los ojos y observar la realidad tal y como es. Los taxis no son necesariamente más rápidos que cualquier otro medio de transporte, y no hablo de cosas obvias como la mayor o menor cantidad de tráfico que podamos encontrarnos en la ciudad, hablo del mayor o menor grado de competencia del conductor, también llamado taxista. Porque no sé a vosotros, pero a mi me ha tocado cada uno de órdago. Recuerdo uno que cuando le dije donde iba, el tío debió sentir que yo le hablaba en binario, porque se pasó todo el camino preguntándome, ¿y eso por dónde está?, ¿no has estado nunca?, ¿no te suena el camino? yo me pasé todo el trayecto respondiéndole: si yo supiera como ir no habría cogido un taxi. El tipo en cuestión pudo parar apróximadamente 5 veces hasta llegar a nuestro destino para consultar el callejero, reprogramar el GPS y hacer 5 llamadas a la NASA para que le dieran planos astrales de la ubicación exacta del objetivo. Fue toda una experiencia. Por cierto, nuestro destino no era el Triángulo de las Bermudas, si no Pozuelo.

Los taxis tampoco son necesariamente cómodos, especialmente cuando durante un trayecto unas palabras atenazan tu cabeza ansiosas por salir entre tus labios: ¿a usted dónde le han dado el carnet, en una tómbola?. Uno de cada tres taxis que cojo me hace salir con el estómago revuelto porque el tipo se cree Carlos Sáinz al volante.

Pero lo peor, lo más terrible y dramático de coger un taxi, es sin duda esa necesidad que tiene el taxista de ser un buen RR.PP.
¿Cuántas veces no coges un taxi un poco borracho, o medio dormido, o cabreado, o triste, o preocupado, o con cualquier motivo con el que te ha castigado el día, y el taxista decide que "debe" darte conversación?

Taxista: "bueno pues ya es viernes"
Cliente: "sí"
Taxista: "pues han dicho que mañana va a llover"
Cliente: "vaya"
Taxista: "ay que ver cómo se ponen las tiendas un día como hoy"
Cliente: "sí, es terrible"

...

El taxista, aún a pesar de que tus respuestas se reducen exclusivamente a monosílabos, quiere continuar un diálogo estéril, carente de interés y trascendencia.
Luego hay otros con un diálogo quizá más interesante pero que a ti te apetece aún menos oir o menos dialogar con este tipo al que acabas de conocer y desde luego deseas no volver a ver en tu vida: diálogos políticos porque en ese momento en la radio hablan de Zapatero, diálogos sobre lo detestable que es la humanidad (tema que como imaginaréis me encanta, pero raras veces coincido con las opiniones de los taxistas), o diálogos sobre la familia del taxista, que también pasa. A unas a amigas y a mi un taxista consiguió acojonarnos literalmente cuando tras echar pestes sobre el nuevo novio de su ex-mujer, amenazó con cortarle la cabeza a la susodicha y llevarse a los "chiquillos" con él. Aún intentamos superar aquella experiencia.

El tema de llamar a un taxi para que venga a buscarte también tiene miga, pero de eso hablaré en otra ocasión, no quiero hacer cundir el pánico ni provocar pesadillas en los pobres lectores que aguantáis mis pestes.

Así que concluyendo, señores, coger un taxi es una desagradable vivencia que lamentablemente tenemos que experimentar sí o sí. Es un suplicio necesario por el que encima tenemos que pagar y no poco precisamente. Pero siempre tendremos el consuelo de haber salido victoriosos en esa plaza, de los 10 minigrupitos que había sólo tú conseguiste subir al taxi.

sábado, 9 de febrero de 2008

Hippies

Es increíble la facilidad con la que el mundo olvida el significado de las palabras y las versiona hasta conseguir un sentido absolutamente distinto al original.
Sólo con esta frase podría hablar de muuuchas cosas, pero hoy voy a hablar sólo de una. Hoy voy a hablar de los que dicen llamarse "hippies". Si Janis Joplin levantara la cabeza...
"Sí, mi amiga Lucía, es que es así, hippie", o "yo es que siempre he sido la hippie de la familia". Sí, perdón por emplear esta brusquedad nada más empezar, pero a ver, cuando yo oigo esto, en realidad mi cabeza traduce de la siguiente manera: "Sí, mi amiga Lucía, es que es así, gilipollas", o "yo es que siempre he sido la gilipollas de la familia". Os juro que esta es la traducción literal.

Vamos a ver, detesto las tribus urbanas, odio que la gente intente encasillarse en un determinado grupo social para poder sentirse cobijado de alguna manera por otros seres tan carentes de personalidad como ellos. Pero es que encima lo de los hippies tiene más delito. Porque no es que se basen sólo en una serie de cánones estéticos, no se limitan a un tipo de música o bares, vamos algo superficial, que también lo hacen. Porque el hippie necesita sentirse vestido de trapejo, con ropa que ni de lejos parezca nueva, calzado raído, o qué coño, sin calzado. Pueden ir descalzos o con sandalias que recuerdan a las peregrinaciones a Santiago, rayas de colores por todas partes, pelo con rastas para evitar lavarse la cabeza y acumular chinches (está demostrado que las rastas acaban pudriendo el pelo), anillos en los dedos de los pies (imagino que los usarán por la comodidad de andar y notar un metal en los dedos). Es decir, que al final caen en lo que no quieren caer, en la superficialidad. Y no digamos en el consumismo, porque si no recuerdo mal, el movimiento hippie precisamente rechazaba el consumismo. Pero hoy en día podemos encontrar cientos de tiendas hippies que se dedican realmente a eso, al consumismo. Colgantes hechos de caracoles (12€ el colgante), anillos de cáscara de coco (8€ el anillito), una lámpara de cortezas de árboles (38€ la lámpara de 20 cm), y así, tiendas y tiendas de decoración, ropa, complementos y objetos sin ningún tipo de utilidad excepto recordarte que eres un hippie. Sinceramente, a mí me importa un bledo que alguien lleve anillos en los dedos de los pies o el pelo como si se se le hubiera tirado un gato a la cabeza, lo que realmente me deja atónita es que lo hagan para reafirmar su supuesta convicción.

A un hippie le escandaliza que uno de los seres consumistas que le rodean lleve una bufanda de Burrberrys, a mí me escandaliza que se gasten 12€ en un colgante con los restos que a mí me sobran cada día después de comer.
Realmente, hemos de dar gracias al cielo porque la sociedad nos haya premiado con un grupo como los hippies. Es fácil regalarle algo por su cumpleaños a un amigo hippie, porque realmente cuando vas a una tienda a escoger algo, no estás pensando en algo que le guste a tu amigo Manolo, estás pensando en algo que le guste a un colectivo de personas. En cierto modo, cuando haces un regalo a un hippie estás haciendo una buena obra social, estás ayudando a una persona a sentirse más integrado en el mundo, a que le encuentre sentido a su vida, a que reafirme su personalidad.
Y como decía antes, esta tribu no se limita a una apariencia, no, ellos creen que hay algo más profundo detrás de su imagen, algo relacionado con el karma, la paz y mariconadas varias que les permiten tener un nuevo y apasionante tema de conversación cada día.

El universo de los hippies abarca muchas cosas. Sus hobbies tienden a recordarme mucho a mi época en el colegio, los juegos, las actividades extraescolares... Los hippies hacen yoga, quedan en un parque para jugar con un diábolo, tocar una especie de tambor llamado djembé, no sé, intento encontrar un sentido a todo esto, y creo que ellos también, pero supongo que están un poco encasillados para salir de ese mundo. Yo no debo ser lo suficientemente profunda, quizá deba dedicarme a la meditación de vez en cuando, a ellos les funciona para mantenerse en su mundo paralelo al real.


Señores, yendo a lo práctico, la conclusión que saco de estos seres es: voy a dejar mi trabajo, me voy a ir a un parque, voy a coger todo lo que encuentre en el suelo, le voy a poner un cordón, voy a montar un mercadillo, lo más barato va a costar 30€, le voy a decir a un amigo mío que se ponga al lado a tocar una flauta, a otro a hacer yoga, y me voy a forrar a costa de la gilipollez de los Hippipollas.